mayo 02, 2012

LA TRAMPA DEL FOTOPERIODISMO

Por: Clemente Bernard

El término fotoperiodismo se utiliza masivamente con un candor propio de quien no ha conseguido encontrar una forma más apropiada para denominar ciertas fotografías que habitualmente aparecen publicadas en la prensa y que las autoridades de la profesión dividen y agrupan torpemente en categorías tan simples y reduccionistas como noticias de actualidad, vida diaria, artes y espectáculos, deportes, retratos, etc,... Asimismo, un análisis somero de su evolución y de sus circunstancias actuales conduce a pensar que el fotoperiodismo -si es que aún existe-, no es monolítico sino que tiene múltiples nombres, caras y matices, tantos como fotógrafos haya empeñados en practicarlo.

Desde hace unos años se oye hablar intensamente de la crisis del fotoperiodismo. Sin embargo, parece claro que no ha habido un solo momento en su devenir que no haya estado marcado por la inestabilidad, la oscuridad o la incertidumbre. El fotoperiodismo ha estado en crisis desde el mismo momento de su nacimiento, entre otras razones porque la utilización de fotografías en los medios de comunicación se hizo con la intención espuria de mostrarlas como evidencia, como prueba irrefutable de lo que aparentemente muestran. Y ahí quizás radique su gran mentira, la marca de origen que lo ha contaminado de sospecha y de descrédito. El gran problema radica en la propia identidad de las imágenes fotográficas. Aunque se lo pueda parecer al no avisado, las fotografías no explican, no demuestran ni verifican nada. Las fotografías son elocuentes y eficaces porque juegan hábilmente con la apariencia, con el tiempo, con la ambigüedad y con la confianza del lector, pero en realidad confunden y no prueban nada: no se puede confiar en ellas. O al menos, la confianza que se les puede otorgar como medio de información periodística es enormemente débil.

Sin embargo, es tal el poder –aún enigmático-, de una fotografía, que aunque sepamos que no es capaz de contarnos la verdad, puede ser capaz de ir mucho más lejos de ella, puede hacernos creer cualquier cosa, porque juega con la credulidad del lector. Es en esa tierra de nadie donde se ha desarrollado tradicionalmente el fotoperiodismo y donde han germinado todas las confusiones y artimañas que han hecho de él un cajón de sastre donde todo cabe, desde la obligada búsqueda de la verdad propia del acto periodístico hasta la manipulación más grosera e indigna, que goza de impunidad porque se ampara en un estado de opinión corporativista y anquilosado.

Se habla con frecuencia de la importancia que han tenido los factores económicos en los males actuales del fotoperiodismo, personificados en los grandes grupos mediáticos que pretenden controlar el mercado en términos absolutos, que uniformizan la información y la gestionan a su antojo. Sin dejar de ser ciertos, no dejan de ser sólo una parte de los muchos problemas que erosionan cada día más su presunta credibilidad. Hay otros factores decisivos cuya responsabilidad nadie asume. El fotoperiodismo ha cultivado a lo largo de su corta historia una personalidad que ha terminado por privilegiar lo espectacular, lo irreflexivo, lo exótico, lo evidente y desde luego lo brutal y sangriento. A base de la sistemática publicación de ciertas imágenes que accedieron rápidamente a la categoría de mito, se ha instaurado una forma de trabajar repetitiva y monótona, casi tautológica. Todos los que forman parte de la cadena de producción fotoperiodística saben perfectamente cómo ha de ser una fotografía para ser aceptada y reconocida. Así, imágenes fáciles, vacías, reconocibles por ya vistas, de consumo rápido, débiles, que respondan a modelos fácilmente identificables, que no contradigan los valores que el poder intenta imponer, revisionistas y poco problemáticas se imponen fácilmente en redacciones, festivales, concursos, etc,... Entre ellas ocupan un lugar destacado las que podríamos llamar imágenes-artificio. No se trata tan sólo de que el fotoperiodismo en la actualidad recurra habitualmente a las escenificaciones y a las puestas en escena como solución rápida y barata ante los requerimientos de los medios de comunicación, sino que es algo que anida mucho más profundamente en el planteamiento fotográfico de todos aquellos que están involucrados en el proceso, siendo finalmente los propios fotógrafos los últimos responsables de aquello que decidieron fijar con sus cámaras. El gran problema es que, si bien las palabras conforman un código convencional, las fotografías son mucho más arbitrarias de lo que habitualmente se piensa, por lo que el indestructible vínculo que une a las fotografías con la realidad hace que sus lectores no puedan desprenderse fácilmente de los simbolismos que los fotógrafos les obligan a soportar. Cuando un fotoperiodista pretende utilizar imágenes fotográficas como si fuesen palabras provoca inevitablemente una tremenda confusión, porque una fotografía no puede ofrecer las claves para descifrar algo tan endemoniadamente contradictorio como una simple alegoría.

Por otra parte, hay un extendido discurso que se mantiene contra viento y marea apoyado absurdamente en considerar el fotoperiodismo como uno de los lugares del compromiso social, pero que realmente nadie cree, ni respeta ni practica en esos términos, lógicamente. La verdad y la mentira, lo objetivo y lo subjetivo, lo ético y lo inmoral son términos que se manejan a discreción, dependiendo de las circunstancias. Se haga lo que se haga, nadie quiere bajarse del tren de la deontología profesional o de un patético y mal entendido humanitarismo. Habitualmente se vituperan multitud de trabajos fotoperiodísticos por faltar a la ética y a un mínimo respeto hacia la dignidad de las personas, y sin embargo nadie quiere reconocerse como culpable. Cada guerra, cada campo de refugiados o cada catástrofe natural se convierten en destino para miles de fotoperiodistas falsamente comprometidos que buscan lo mismo, pero ni uno solo de ellos admitirá ser la oveja negra que sólo busca éxito y dinero.

En los últimos tiempos la precaria situación económica a la que se han visto abocados numerosos fotógrafos, agencias, etc,..., ha provocado que el fotoperiodismo busque su lugar al sol de nuevos mercados, como los del arte y la cultura. Este nuevo uso de ciertas fotografías concebidas con otra intención ofrece nuevas lecturas de esas imágenes que sin duda son legítimas y enriquecedoras. Sin embargo, no habría que perder de vista en ningún momento que, si bien no hay límite alguno tras las puertas de las galerías de arte para que cada cual dé rienda suelta a su creatividad, el fotoperiodismo no es evidentemente el lugar de la manipulación. El arte no tiene por qué cargar con ningún tipo de responsabilidad. Pero el periodismo sí. La polémica y la crisis de identidad están nuevamente servidas, esta vez también –como casi siempre-, por los ubicuos intereses económicos. Ante todo esto no es de extrañar que multitud de profesionales intenten salir de la trampa en la que se ven envueltos y no se reconozcan ya como fotoperiodistas sino como cualquier otra cosa, y que incluso los mayores referentes históricos del fotoperiodismo hayan visto matizado su propio estatuto.

Quizás el error haya sido confiar la búsqueda de la verdad y la exposición de los hechos a algo tan inestable y voluble como una imagen fotográfica. Quizá sea el momento de reflexionar sobre la excesiva responsabilidad que supone para una fotografía dar cuentas sobre la realidad. Quizá sea el momento de liberar a las fotografías de ese enorme deber que arrastran desde hace tantos años, para que puedan volar libres, sin el lastre que las puso injustamente al servicio de nuestros deseos.

↬ / CBernard